SAPHI: Cuando la arquitectura reconecta con la naturaleza
En un mundo acelerado y fragmentado, Ángela Guerra ha aprendido que la arquitectura no solo construye espacios: también genera proximidad con la naturaleza. Desde su estudio, Saphi palabra que en quechua significa raíz, esta arquitecta boliviana propone una mirada que devuelve a las personas su conexión con lo natural. No se trata solo de diseñar espacios; se trata de diseñar vínculos.
Ángela presenta la biofilia como una propuesta novedosa en la arquitectura nacional, un enfoque que conecta su vida personal, sus pasiones profesionales y los recuerdos de su madre. “La biofilia no es un estilo, es más un propósito”, explica con convicción. Y ese propósito trasciende la estética. No basta con llenar un espacio de plantas o luz natural: se trata de crear lugares que respiren, que permitan sentir el paso del aire, el ritmo de la luz y la textura de los materiales como parte de una conversación arquitectónica.
Su enfoque integra aspectos esenciales como la iluminación, los materiales y la ventilación. Según Ángela, un espacio sin ventilación adecuada o con iluminación artificial mal planificada no puede considerarse beneficioso para el bienestar humano. De hecho, advierte sobre los peligros de la desconexión con la naturaleza, señalando que aislar a una persona en un entorno completamente blanco, sin relación con su contexto real, puede ser comparable a un “método de tormento”.
Su trabajo, entonces, no busca solo transformar edificios, sino también conciencias. Saphi nació de esa idea: diseñar y ejecutar espacios especializados que promuevan el bienestar emocional, reduzcan el estrés y mejoren la calidad de vida del usuario.
“La naturaleza no es un lujo, sino una necesidad. La conexión con entornos naturales, como un parque o una laguna, es esencial para nuestra autorregulación y bienestar emocional, especialmente en momentos de estrés”, afirma Guerra.
El desafío principal de su labor, sin embargo, no radica tanto en la parte arquitectónica donde es experta, sino en el aspecto social: explicar que la arquitectura biofílica no es una tendencia pasajera, sino un cambio profundo en la manera de habitar.
“No creo que sea un desafío integrar vegetación en diseños, si observamos la naturaleza no pela por ocupar un espacio, todas las plantas, hierbas e insectos están perfectamente integrados. Si tú te fijas en eso y lo replicas o lo usas de inspiración, te va a ir bien, no hay dónde perder”, comenta con optimismo.
Mientras el mundo se globaliza y la tecnología ocupa cada rincón de nuestras vidas, su voz resuena como un recordatorio: el verdadero progreso no está en alejarnos de la naturaleza, sino en volver a ella con conciencia. Por eso insiste en que el cambio debe comenzar en las aulas, en la formación de quienes diseñarán las ciudades del futuro, para que aprendan a construir sin olvidar el respeto por el entorno natural y la promoción de una vida equilibrada.
Cada proyecto que firma es una conversación con la tierra, una invitación a recordar que, incluso en la construcción de espacios rígidos y concretos, existe un acto profundamente humano: una búsqueda constante de armonía entre lo que somos y lo que habitamos.
Y quizás ese sea el eco que define su propósito: entender que la naturaleza no nos pertenece, sino que somos parte de ella. Porque, al final, como dice Ángela, “la naturaleza no te necesita; tú necesitas de ella”.













